La monja chupa la verga del diácono gruesa
Esa sotana negra que le aprieta el culo prieto a él no dejaba de moverse mientras los dos se escondían en el confesionario oscuro, el aire olía a incienso y a sudor caliente que le empapaba la piel a ella. Él, con las manos temblorosas, le levantó la falda negra hasta la cintura dejando al aire su coño depilado y brillante de humedad, la polla dura como un bastón de obispo le golpeaba el muslo mientras le susurraba al oído lo que llevaba semanas imaginando. Ella, con los labios entreabiertos y los ojos llenos de pecado, se arrodilló sobre el piso de madera gastada y se tragó su verga gruesa hasta que le tocó la garganta, sintiendo cómo palpitaba cada vez que él gemía y le agarraba el pelo con fuerza. Él no pudo aguantar más, la levantó en volandas y la empotró contra el confesionario, con las piernas enredadas en su cintura y el culo apretado contra el borde del mueble, las embestidas eran tan profundas que ella gritaba con cada golpe, el sonido de carne contra carne se mezclaba con los suspiros y los rezos ahogados que escapaban de su boca. Él le azotó el culo con la mano abierta dejando marcas rojas que ardían bajo sus dedos, mientras ella se retorcía de placer, su coño empapado goteaba sobre el piso de madera y el olor a sexo inundaba el lugar sagrado. Con un gruñido gutural él se corrió dentro de ella, llenándola de leche caliente mientras le mordía el hombro para ahogar los gemidos, pero ella no pudo evitar gritar su nombre cuando el orgasmo la atravesó como un rayo. Los dos quedaron jadeando, sudados y exhaustos, con las ropas revueltas y el pecado escrito en cada centímetro de piel que se tocaba. Él le susurró que esa era solo la primera lección de muchas más, mientras ella se limpiaba los labios con el dorso de la mano y le sonreía con complicidad, sabiendo que su lujuria recién comenzaba.