Ayer me follaron dos pollas negras en la cocina
La rubia entrada en carnes con los brazos tatuados se quitó el delantal después de cocinar y se relamió los labios al verlos entrar por la puerta con esas vergas durísimas asomando entre los pantalones. El más alto, con la piel negra brillante y una mata de vello en el pecho, le agarró el pelo rizado y le metió la polla hasta la garganta sin avisar, mientras su colega, más bajo pero con una verga aún más gruesa, le sobaba el culo prieto y se lo apretaba contra su muslo peludo. Ella gimoteó con la boca llena, notando cómo le goteaba el coño al sentir aquellos dos palos calientes rozándole las piernas, el olor a sudor y a sexo invadiendo el aire de la cocina. El negro más alto le empujó la cabeza hacia abajo hasta que casi se ahoga, sacándole la polla chorreante y dejándole hilos de saliva colgando entre los labios antes de empotrarle el coño desde atrás, con sus tetas pequeñas botando al ritmo de las embestidas brutales. El otro, con los huevos colgando pesados, se agachó para chuparle el clítoris mientras ella se agarraba al borde de la mesa, los pies descalzos resbalando en el suelo mojado por su propio jugo. La polla negra le abrió el coño como nunca antes, estirándole los labios y haciéndola gritar cuando el otro le metió dos dedos en la boca para callarla, embadurnándole la lengua con su propio sabor salado. Entre gemidos ahogados y codazos para no ahogarse, la rubia se corrió dos veces seguidas, el primero gimiendo como una perra en celo mientras el negro le llenaba el coño de leche espesa, y el segundo corriéndosele en la cara, salpicándole las pecas de la nariz y los labios entreabiertos. Al final, los dos se quedaron mirándola, jadeantes, con sus pollas aún medio tiesas, mientras ella se limpiaba la leche de las pestañas y se reía con la voz ronca, prometiéndoles que la próxima vez la dejarían romperse entera.