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Vecina pelirroja viene cada día pidiendo café y mi leche

10:20 1080P 4 Exóticas
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Estúdio Tivmodels

Desde que se mudó al lado hace un mes, la muy zorra no para de coquetear cada vez que pasa por mi puerta con ese escote que le marca los pechos naturales de locura. Hoy tocó la excusa perfecta: un café recién hecho en mi cocina mientras me miraba con esos ojos verdes llenos de lujuria como pidiendo que le metiera el dedo en su coño empapado. No tardé ni dos segundos en agarrarla por la cintura y pegar su cuerpo sudoroso al mío, sintiendo cómo sus tetas rebotaban contra mi pecho mientras me lamía los labios con esa lengua juguetona que ya imaginaba alrededor de mi polla dura como el mármol. Sin perder tiempo, le arranqué el vestido ajustado que llevaba puesto y dejé al descubierto un culito que no paraba de temblar, con esa marca de tinta en la nalga izquierda que gritaba lo cachonda que estaba. La empujé contra la mesa de la cocina, le bajé el tanga de encaje negro hasta los tobillos y sin aviso le metí dos dedos en su raja mojada, escuchando cómo gemía con voz ronca mientras sus caderas se movían solas buscando más. No pudo aguantar ni un minuto antes de que yo sacara mi verga palpitante y se la clavara hasta el fondo, empotrándola contra el mueble mientras sus uñas se clavaban en mis brazos y sus gemidos llenaban la casa. El sonido de mi carne chocando contra su culo moreno era música para mis oídos, y cada embestida hacía que sus tetas salieran disparadas como si fueran de goma, hasta que decidí darle la vuelta y ver cómo su cara se descomponía de placer al sentir mi polla rozando su garganta. Le agarré la cabeza por los pelos y le metí hasta la garganta, sintiendo cómo se atragantaba pero sin dejar de chupar con desesperación, con su saliva goteando por mi eje mientras sus tetas se sacudían al ritmo de mis empujones. Cuando noté que sus piernas empezaban a fallarle, la levanté como si no pesara nada y la senté sobre el fregadero, separándole bien las piernas para que su coño empapado brillara bajo la luz de la cocina y pudiera ver cómo mi verga entraba y salía sin piedad, dejando sus labios hinchados y rojos de tanto follar. No pasó mucho antes de que sus gritos anunciaran el orgasmo: arqueó la espalda, apretó mis caderas con sus muslos y sentí cómo su coño se contraía alrededor de mi miembro mientras un chorro de leche caliente le resbalaba por las nalgas y hasta el suelo. Pero yo no había terminado: la giré de nuevo, la doblé sobre la mesa y sin avisar le metí la polla por el culo, sintiendo cómo su esfínter cedía con un gemido ahogado mientras sus dedos arañaban la madera. Las embestidas fueron brutales, el sonido de su piel contra la mía mezclado con los gritos de dolor y placer que salían de su boca mientras su culo se abría paso para mí, hasta que por fin solté mi leche caliente dentro de su culito estrecho, dejándolo lleno mientras ella caía al suelo jadeando y con la cara roja de tanto correrse.

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