Mi marido chupa mi culo y me hace correrme rico
Desde que le vi la primera vez lamiendo el trasero de su amigo en el sofá, supe que mi marido tenía gustos bien picantes. Esa noche, después de cenar, me pidió que me pusiera de rodillas en el suelo y me bajé las bragas hasta los tobillos sin preguntar nada. Sentí su lengua caliente y húmeda resbalando por mis nalgas antes de meterla en el hoyo prohibido, mientras sus dedos se metían en mi coño empapado sin piedad. Me agarró fuerte de las caderas y me abrió más las piernas para que no pudiera escapar, sus gruesos labios rodeando el borde anal mientras gemía como una puta en celo. Con cada lametón notaba cómo se me endurecían los pezones y cómo se me contraía el culo, deseando que me llenara por todas partes. Él no se conformó con chupar, sino que se quitó el bóxer y sacó esa verga gruesa que tanto me gusta morder, apretándola contra mi rostro para que le diera placer con la boca mientras su lengua no paraba de juguetear con mi entrada trasera. Le encantaba ver cómo me retorcía de gusto, cómo se me escapaban gemidos ahogados cada vez que su dedo resbalaba dentro del culo o cuando su polla rozaba mis labios sin llegar a penetrarme. Pero cuando por fin me empaló con fuerza desde atrás, sintiendo cómo su miembro abría mi agujero estrecho sin piedad, supe que esa noche no habría límites. Me empotró contra el sofá, sus embestidas tan profundas que me hacían gritar cada vez que su verga chocaba contra mi matriz, sus pelotas golpeando mi coño mojado sin piedad. Se corrió dentro de mí con un rugido animal, su leche espesa escurriendo por mis muslos mientras yo seguía temblando de placer, con los dedos hundidos en el tapizado y el culo enrojecido por tanto follar. Esa noche quedó claro que a los dos nos encantaba jugar sucio y que no había nada que nos diera más morbo que mezclar placer, dolor y sumisión en la misma cama.