Primera cita salvaje con negra de tetas enormes
Desde que entró al bar con ese vestido ajustado que le marcaba el culo prieto, supo que esta noche no iba a ser como las demás. Ella, una morena exuberante con unas tetas que parecían de silicona pero moviéndose como gelatina madura, le clavó la mirada mientras se lamía los labios pintados de rojo pasión. Él, un blanquito de esos que creen que por tener una verga gruesa ya son dioses del sexo, no pudo resistirse y la agarró del pelo para pegarle un morreo que le dejó los labios hinchados. Ella, sin perder la compostura, le abrió la bragueta con una mano mientras con la otra le apretaba los huevos con fuerza, como si fuera a ordeñárselos en cualquier momento. La polla le salió disparada como un resorte, morada por el deseo y con las venas marcadas como si fuera a explotar en cualquier instante. Ella se agachó sin pensarlo dos veces y se lo metió hasta la garganta, haciendo unos ruidos húmedos que le erizaron la piel, mientras sus tetas enormes le golpeaban la cara cada vez que se la tragaba. Él, ya fuera de sí, la levantó en volandas y la empotró contra la pared, subiéndole el vestido hasta la cintura para dejarle el coño al aire, empapado y brillante como un caramelo líquido. Sin preliminares, le metió la polla hasta el fondo con un empujón seco que le hizo soltar un gemido agudo, mezclando dolor y placer en un solo quejido. Ella, con el culo bien abierto, le pedía a gritos que la follara más fuerte, arañándole la espalda mientras sus tetas rebotaban con cada embestida brutal. Él, lejos de contenerse, le dio una nalgada que le dejó el culo rojo y marcado, y entonces empezó a empotrarla como un animal, con los huevos golpeándole el clítoris cada vez que se la clavaba hasta las entrañas. Ella se corrió en menos de dos minutos, empapándole la polla de un flujo espeso y caliente mientras gritaba obscenidades que solo servían para excitarlo más. Él, sin darle tregua, la tumbó en el sofá y se la folló a cuatro patas, agarrándole las tetas con fuerza mientras le embestía el culo hasta dejarla sin aliento. La segunda corrida fue aún más intensa, con ella mordiéndole el hombro para no gritar y él descargando toda su leche dentro de ese coño estrecho que lo succionaba como si no hubiera mañana. Cuando terminaron, ella se quedó tumbada, con las piernas abiertas y la boca entreabierta, jadeando como si acabara de correr un maratón, mientras él se limpiaba el sudor de la frente con la mano temblorosa.