Soldado cachondo se corre sin parar en fin de semana
El tipo lleva días con la imaginación a mil cada vez que su compañero de barraca le mira con esos ojos verdes llenos de lujuria, pero hoy por fin no hay órdenes ni disciplina que valgan: el uniforme ya está tirado en el suelo y él solo piensa en enterrar su gruesa verga entre esos labios carnosos que no paran de gemir su nombre. Lo primero fue un morreo salvaje en el sofá, con las manos del soldado acariciando cada centímetro de ese cuerpo sudado que se retuerce bajo sus dedos, pero cuando el cabrón de Brock Kniles se agachó para chupársela sin avisar, Justin Cross supo que el domingo iba a ser más largo de lo previsto. La boca caliente del rubio lo recibió con un gemido ahogado, la lengua juguetona recorriendo el glande antes de bajar hasta los huevos, que el soldado masajeaba con movimientos lentos mientras le susurraban obscenidades al oído. De pronto, el cabrón se puso de pie y lo empujó contra la pared, levantándole la pierna para clavarle la polla hasta el fondo con embestidas brutales que hacían crujir la madera del barracks, el sonido húmedo de los cuerpos chocando y los gritos de Justin ahogados en un beso sucio. Brock no tardó en cambiarlo de postura, poniéndolo a cuatro patas sobre la cama mientras le azotaba el culo con la mano abierta, dejando marcas rojas que ardían como fuego cada vez que sus caderas se estrellaban contra ellas. Agarró a Justin por los pelos y le obligó a arquear la espalda, metiéndole la verga hasta la garganta mientras el otro se corría sin poder evitarlo, el semen espeso resbalando por su barbilla y manchando las sábanas. Pero el soldado no había terminado: lo volteó boca arriba y se sentó sobre su pecho, frotando su gruesa polla en el rostro del pobre tipo antes de volver a penetrarlo con furia, los testículos golpeando contra su culo cada vez que lo empotraba hasta el fondo. Los gemidos se volvieron desesperados, los cuerpos cubiertos de sudor y saliva, y cuando Brock por fin dejó que Justin se corriera de nuevo, esta vez dentro de él, el pobre cabrón se desmayó de placer entre los brazos de su compañero, la polla aún palpitando mientras el último chorro de leche le resbalaba por las nalgas.