Chupada salvaje a morocha italiana con polla bien gruesa
Desde el primer trago la boca de la morocha italiana se le fue encima como si llevara semanas sin probar algo tan duro y grueso, rodeando la cabeza de su verga con esos labios rojos y carnosos mientras gemía con la garganta abierta. Sus tetas apretadas contra el respaldo del sofá se movían al ritmo de cada embestida que le clavaba en esa garganta que le hacía babear como un puto animal en celo, chupando con tanta fuerza que los huevos le temblaban y le sudaban las pelotas de tanto esfuerzo. La morocha no paraba de mirarlo con esos ojos verdes llenos de lujuria mientras le agarraba el culo para que se la metiera más profundo, sintiendo cómo la polla le llegaba hasta el fondo de la boca y le hacía toser con gotitas de saliva resbalando por su barbilla. Cada vez que sacaba la verga para respirar, la morocha se la agarraba con las dos manos y se la restregaba contra las mejillas, dejando marcas rojas de tanto frotar mientras le decía cosas cochinas en italiano que solo hacían que se le endureciera más. Cuando por fin se la tragó entera otra vez, el sonido de su garganta tragando la cabeza de la polla resonó en el aire como un gemido ahogado, mezclado con los gruñidos profundos que él soltaba mientras le agarraba la nuca y le empotraba la verga hasta que los huevos le golpeaban la barbilla. La morocha italiana no podía más: se le escurría el coño de lo mojada que estaba, sintiendo cómo la humedad le empapaba las bragas mientras se masturbaba con los dedos sin poder resistirse a meterle dos dentro para aliviarse un poco. Él, al verla así, se corrió con un rugido animal, disparándole chorros gruesos y calientes por toda la cara y los labios, mientras ella se lo tragaba todo sin perder ni una gota, lamiéndose después los labios con una sonrisa de satisfacción mientras le limpiaba los restos con la lengua. La morocha no se conformó con eso: se le subió encima y se la volvió a meter en la boca, esta vez más lenta y sensual, saboreando cada centímetro de esa verga que ya olía a sexo y a corrida mientras le agarraba los huevos y los masajeaba con los dedos. Cuando por fin se corrió de nuevo, esta vez sobre su pecho, la morocha italiana se limpió con la mano y se lamió los dedos mirándolo con una sonrisa picarona, como si supiera que todavía le quedaba mucha leche para exprimirle.