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Prefiero que me hagan fist anal sin piedad

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Estúdio Littleselena

Desde la primera vez que le vi empujar esos cuatro dedos gruesos dentro del culo prieto de su hermana, supo que esa era la única forma de sentirme vivo. El muy cabrón la tenía empalada contra la pared del baño, con las piernas temblorosas y los gemidos ahogados entre los dientes mientras le abría el esfínter como si fuera plastilina caliente. Ella, la tipa más mojada que había visto en mi vida, no paraba de empujar el culo contra esos dedos brutales que le arrancaban gritos de dolor mezclado con placer. El lubricante resbalaba por sus nalgas redondas mientras él le clavaba la mano hasta el antebrazo, retorciendo los dedos dentro de ese agujero que ya no era virgen ni por asomo. Cada embestida le hacía temblar las rodillas y soltar chorros de leche espesa por la verga que le colgaba entre las piernas, tan dura que parecía a punto de reventar. El olor a sexo crudo y sudor inundaba el ambiente mientras él le susurraba al oído lo puta que era, cómo su culo estaba hecho para recibir esa brutalidad sin medida. Ella, con los ojos en blanco y la boca abierta en un aullido silencioso, solo podía balbucear obscenidades entrecortadas mientras él le metía los dedos hasta el nudillo. La escena se volvió más salvaje cuando le dio la vuelta y la empotró contra el suelo, con el culo en pompa y las piernas abiertas como un sapo, dejando al descubierto ese coño chorreante que pedía a gritos más atención. Él no perdió tiempo y, con un gruñido animal, le metió los dedos en el culo una y otra vez, sacudiéndola como si fuera un trapo mientras ella se corría en espasmos violentos, empapando el suelo de jugos espesos. El sonido de los dedos chapoteando dentro de ese agujero obsceno llenaba la habitación, mezclado con los gemidos guturales de ella y el crujido de sus caderas al chocar contra el suelo. Cuando por fin le sacó la mano, el culo le quedó abierto como una flor podrida, tembloroso y goteando semen espeso que se escurría por sus muslos. Ella, exhausta pero con los ojos brillantes de lujuria, le suplicó que no parara, que le siguiera rompiendo el culo sin piedad hasta dejarla hecha un guiñapo. Él, con una sonrisa de depredador, le clavó los dedos de nuevo mientras ella se agarraba a la alfombra con los nudillos blancos, lista para recibir otra ronda de ese fist anal que la tenía al borde de la locura.

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