Mi prima me regaló un gustazo que no olvidaré
Desde que llegó de Europa con ese cuerpazo de infarto, no podía sacármela de la cabeza... Cada vez que se agachaba a recoger algo, ese culito prieto y redondo se me ponía delante de las narices, haciéndome la boca agua. Una noche, después de unos tragos y risas con la familia, la vi frotándose los labios con la lengua mientras me miraba con esos ojos verdes que me derritieron. Sin pensarlo dos veces, la agarré de la cintura, la levanté contra el mostrador de la cocina y le arranqué el short de un tirón, dejando al descubierto su coño depilado y brillante de excitación. Ella gimió fuerte cuando mi lengua se hundió entre sus pliegues, lamiendo cada rincón con voracidad mientras mis dedos se clavaban en sus caderas. La sentí temblar cuando le introduje dos dedos en la boca para que los chupara con fuerza, sintiendo cómo se le endurecían los pezones bajo la camiseta apretada. En segundos, la levanté en vilo, la giré de espaldas y le empalé la polla hasta el fondo, sintiendo cómo su coño caliente y estrecho se contraía alrededor de mi verga sin piedad. Ella gritó como una puta descontrolada, arañando el mármol mientras yo la embestía sin compasión, cada empujón haciendo que sus tetas rebotaran salvajemente contra mi pecho. Cuando sentí que sus piernas empezaban a temblar, aceleré el ritmo, clavándole la polla hasta el fondo mientras ella se corría con espasmos violentos, empapándome las bolas con su leche caliente. Me dejé llevar por el placer y, con un gruñido animal, le llené el coño hasta que empezó a gotear por las piernas, dejando un charco de leche y sudor sobre el azulejo frío. Cuando por fin la solté, se dejó caer contra el mueble, jadeando con la respiración entrecortada y una sonrisa de satisfacción dibujada en la cara.