Pintor empotra a rubia en plena calle
La rubia llevaba días observándolo de lejos mientras pintaba la fachada, mordiéndose el labio cada vez que él se quitaba la camiseta sudada para limpiar el sudor de su frente con el antebrazo. Él notó su mirada fija en el bulto que le marcaba los vaqueros ajustados y, sin pensarlo dos veces, la agarró de la cintura cuando ella se acercó fingiendo interés por su trabajo. La muy zorra no opuso resistencia cuando le arrancó la blusa de un tirón, dejando al descubierto unos pechos pequeños pero firmes que le temblaban con cada respiración entrecortada. Antes de que pudiera reaccionar, él la empujó contra la pared del callejón, le bajó los leggings negros hasta las rodillas y le metió los dedos en el coño empapado que ya goteaba por el calor del mediodía. Ella jadeó y se dobló hacia adelante, ofreciéndole el culo sin necesidad de que se lo pidiera, con las nalgas blancas temblando de anticipación. Él escupió en su mano y se la untó por el rabo antes de clavársela hasta el fondo con un empujón seco que le hizo gritar como una puta en celo. La callejuela se llenó del sonido de sus caderas chocando contra su carne, mezclado con los gemidos ahogados que ella intentaba contener tapándose la boca con la mano. Él la empotró con fuerza, cada embestida le sacudía los pechos contra la pared mientras le arrancaba los leggings a jirones, dejando al descubierto su coño depilado y brillante por el sudor. Cuando notó que ella empezaba a correrse, le tapó la boca con la suya para ahogar sus gritos y le metió la polla hasta la garganta mientras eyaculaba sin piedad, llenándole el vientre con chorros espesos que le resbalaban por las piernas. Ella se quedó temblando contra la pared, con las piernas flaqueándole y el coño chorreando mientras él se limpiaba la polla en su propia camiseta, satisfecho de haberla dejado marcada como una perra en celo para cualquiera que pasara por allí.