Milf furiosa desafía al joven a una follada salvaje en cuatro patas
El sofá de mi sala siempre ha sido testigo de mis fantasías más perversas, pero hoy se convirtió en el escenario de una batalla sexual que ni yo misma esperaba. Desde que vi a ese chico musculoso paseando por el parque con su polla marcándose bajo los shorts, supe que tenía que probarla. Lo invité a tomar algo, pero en cuanto cerró la puerta, le dije: 'A ver si aguantas lo que te espera'. Me bajé el vestido hasta dejar mis tetas naturales al aire, grandes y pesadas, y me incliné sobre el sofá, arqueando el culo para que viera lo bien que me llenaba el tanga. '¿Te atreves a follarme como una puta de verdad?', le provoqué, moviendo las caderas. No esperé su respuesta: me arrodillé y le bajé los pantalones de un tirón, sacando su verga dura como piedra. La chupé hasta dejarla brillante, pero no fue suficiente. Quería sentirla dentro de mí, así que me puse en cuatro patas, separando las nalgas para que viera mi coño empapado. 'Métela ya, no te quedes mirando', le ordené, y en cuanto la tuvo dentro, grité de placer. Cada embestida era más fuerte, sus manos apretando mis caderas mientras me empotraba contra el sofá. Sentía su polla enorme rozándome las paredes, llenándome hasta que los gemidos se me escapaban sin control. '¿Así te gusta, perra?', me susurró al oído, y solo pude responder con otro grito cuando me agarró del pelo y me folló más rápido. El sonido de su piel chocando contra la mía resonaba en toda la sala, y cuando ya no pude más, me corrí con un chorro que le mojó los dedos. Pero él no se detuvo: siguió embistiendo hasta que su leche caliente me llenó entera. '¿Ves? No eras tan hombre', le dije, limpiándome los labios con una sonrisa, mientras él jadeaba detrás de mí.