Mamá exhibicionista se pasea desnuda en el supermercado
La mamá de tetas grandes no pudo resistirse más y se quitó el vestido en medio del pasillo de productos, dejando al descubierto su coño depilado y esos pechos que parecen de silicona apretando contra el carrito. El pobre tipo que empujaba su canasta se quedó tieso al verla con los pezones duros y el culo palpitando mientras se agachaba fingiendo buscar algo en el estante bajo. Con una sonrisa pícara le susurró que si quería podian ir juntos al almacén trasero, donde nadie los molestaría mientras le clavaba la polla hasta dejarla sin aliento. Él no lo pensó dos veces y la siguió directo al rincón de ofertas, donde ella se apoyó contra la pared con las piernas abiertas mostrando todo su jugo resbalando entre los muslos. En segundos ya le estaba chupando la verga con esos labios rojos mientras él le agarraba el pelo y le metía la lengua hasta la garganta, sintiendo cómo se le mojaba la entrepierna con cada gemido que escapaba de su garganta. La empujó contra el suelo frío del pasillo secundario y le abrió las piernas de un tirón, enterrándole la polla hasta las bolas en ese coño que olía a perfume barato y sexo sucio, sus paredes apretándolo como un guante mientras ella gritaba que no parara, que la reventara viva. Cada embestida le hacía botar los pechos contra su pecho y le dejaba marcas rojas en los muslos, mientras el sonido húmedo de sus carnes chocando llenaba el almacén vacío, mezclado con los jadeos de ella suplicando más fuerte, más rápido, hasta que por fin se corrió con un espasmo que le sacudió todo el cuerpo, dejando charcos blancos entre sus piernas y un rastro de semen en el pelo despeinado. Él no se quedó atrás y le llenó el vientre de leche caliente, empapándole hasta la espalda mientras ella se quedaba temblando, con la respiración entrecortada y una sonrisa de puta satisfecha dibujada en la cara. Cuando volvieron a salir, los dos con la ropa desordenada y las mejillas rojas, el supermercado parecía normal otra vez, pero nadie podía adivinar que bajo el delantal de ella aún goteaba su propia corrida mezclada con los restos de lo que acababan de hacer en el almacén, y que él llevaba en el bolsillo el ticket de compra manchado con algo más que el precio de los tomates.