MILF del bosque se corre empotrada bajo la lluvia
Llevaba el abrigo de plumas caído al suelo desde que él le pasó la mano por el culo al bajarse del coche, sintiendo cómo el calor le quemaba entre las piernas al notar sus dedos resbaladizos sobre la tela mojada por la lluvia. La puta no dudó ni un segundo cuando él la empujó contra el tronco de un roble, subiéndole el vestido hasta la cintura para dejar al aire ese coño peludo y bien depilado que ya chorreaba por los nervios. Él le arrancó las bragas de un tirón mientras le mordisqueaba el cuello, gruñendo que llevaba semanas imaginando cómo le iba a empotrar ese culo redondo y prieto que tanto lo volvía loco. Ella gimió con voz ronca al sentir su polla enorme rozándole el clítoris, pidiéndole a gritos que la metiera ya antes de que se corriera solo con mirarla, con esos muslos gruesos temblando bajo el peso de sus manos. Él no necesitó más, le agarró las tetas por encima de la blusa mientras la levantaba contra el árbol, clavándosela hasta el fondo con un gruñido animal que se mezcló con los gemidos ahogados de ella al sentir cómo se le llenaba el coño de leche caliente una y otra vez. La lluvia le resbalaba por la cara mientras él le escupía en la boca para que se la chupara bien mojada, tragándose cada gota de su corrida espesa que le goteaba por la barbilla y le manchaba el vestido de manchas blancas. Ella le arañó la espalda enloquecida cuando él le dio la vuelta para empalmarla contra el tronco, metiéndosela por el culo con tanta fuerza que los jadeos se le atascaron en la garganta mientras él le apretaba los pechos contra la corteza húmeda. La lengua de él le recorrió el canalillo sudoroso antes de volver a clavársela, esta vez más despacio pero con embestidas profundas que le hacían crujir los huesos al compás de sus gritos de placer. Cuando él le ordenó que se corriera sobre su polla, ella no pudo evitarlo: el coño le ardía, el culo le dolía de tanto ser usado, pero la sensación de tenerlo dentro la llevaba al límite, jadeando una y otra vez mientras su leche le resbalaba por los muslos y se mezclaba con el barro del suelo. Él la dejó caer de rodillas, con la polla aún goteando, y le ordenó que se la limpiara bien antes de volver a meterle hasta la garganta, esta vez descargando toda su carga en su boca sin piedad mientras ella tragaba cada gota con los ojos llorosos y una sonrisa de puta satisfecha.