Mexicana se deja empotrar sin piedad en cabinas
La morra llegó con la blusa mojada de sudor nada más entrar, los pezones marcándole la tela y el coño ya chorreando antes de que le tocaran. El primer cabrón le agarró la cabeza a dos manos y le metió la polla hasta la garganta sin avisar, mientras otro le levantó el vestido y le arrancó el tanga de un tirón. Ella solo soltó un gemido ronco y se dejó caer contra el mostrador, con el culo bien abierto y la boca llena hasta ahogarse. El tercero le empotró la verga en el coño sin lubricante, la carne resbaladiza de jugos le permitió clavársela hasta el fondo sin piedad, y la morra solo atinó a arquear la espalda y gritar con voz de puta en celo. Cada embestida le hacía saltar los pechos al ritmo de los golpes, la crema blanca le resbalaba por los muslos y le manchaba el suelo de ron y sudor. El cuarto cabrón se cansó de esperar y le metió los dedos en la boca para que se los chupara mientras le escupía en el culo, preparándola para lo que venía. Todos se turnaban para empotrarla por donde podían, sin importarles si le partían las costillas o le dejaban la garganta inflamada, solo querían verla llorar de placer mientras se corrían sobre su cuerpo destrozado. La morra aguantó hasta que ya no pudo más, entonces se dejó caer al suelo entre los charcos de semen y gritó que la llenaran toda, que no pararan hasta dejarla convertida en una puta babosa llena de leche. Y así fue: uno tras otro le dispararon chorros calientes por la cara, las tetas y hasta en la boca abierta, mientras ella se retorcía y se lamía los labios buscando más, hasta que por fin la dejaron tirada, cubierta de esperma de los pies a la cabeza y con los ojos vidriosos de tanto correrse.