Madrastra se frota el coño contra nosotros en la cocina
Llevaba días coqueteando con miraditas y sonrisitas mientras se mordía el labio inferior, pero hoy se quitó la falda roja y se acercó con los muslos temblorosos. Nos pidió que no la miráramos mientras se sentaba en el borde de la mesa de la cocina, rozando su coño depilado contra nuestros muslos antes incluso de que pudiéramos reaccionar. 'Chicos, qué bien me siento', susurró con voz ronca mientras se frotaba el clítoris hinchado contra el borde de la mesa, dejando marcas de su excitación en la madera. Uno de nosotros no pudo resistirse y le pasó la mano por la espalda, sintiendo cómo su culo prieto se movía al ritmo de sus caderas, que cada vez se pegaban más a nosotros. Ella gemía cada vez más fuerte, con los pezones duros marcándose bajo su blusa ajustada, mientras seguía frotándose sin pudor contra nuestros cuerpos. 'Así, así, más fuerte', jadeó al sentir cómo su coño se mojaba más con cada roce, empapando la tela de su tanga hasta dejarla transparente. Le bajamos las bragas de un tirón y metimos los dedos entre sus pliegues empapados, sintiendo cómo su carne ardiente se abría para nosotros, lista para recibir más. Ella se arqueó hacia atrás, agarrándose a la mesa con una mano mientras con la otra nos guiaba la polla hacia su boca entreabierta, chupando con desesperación antes de soltar un gemido gutural. La levantamos entre los brazos y la empotramos contra la nevera, sintiendo cómo su culo redondo rebotaba contra nuestros muslos con cada embestida, mientras su coño chorreante se aferraba a nuestras pollas como si no hubiera mañana. Las paredes de la cocina temblaban con sus gritos de placer, mezclados con el sonido húmedo de sus fluidos resbalando por sus muslos y el golpeteo de su carne contra la nevera. Cuando por fin se corrió, su coño se contrajo con espasmos violentos, empapando nuestras pollas de un líquido caliente y espeso que no pudimos contener dentro de ella. Se dejó caer al suelo, jadeando, con el pelo pegado a la cara por el sudor y el coño aún tembloroso, mientras nosotros nos limpiábamos los restos de su corrida de las piernas antes de volver a empotrarla contra la encimera.