Me fui de marmita pa un par de calientes
La brasilera de tetas duras y culo bien redondo llegó con su vestido ajustado y una sonrisa que prometía putería pura. Él no pudo evitar mirarle el escote cuando ella le pasó la mano por el muslo al subirle el trago, su coño ya oliendo a hembra mojada y ansiosa. Sin perder ni un segundo le agarró el pelo negro y le metió la lengua hasta la garganta mientras le bajaba el vestido de un tirón, dejando al descubierto unos pezones duros que le hicieron babear. Ella gimió con voz de puta satisfecha al sentir cómo su verga se le clavaba en el vientre, dura como piedra, y se dejó caer sobre la mesa del bar arrastrándolo consigo. La polla le rozaba el clítoris al empujarla contra la madera, haciéndola gritar y clavarle las uñas en la espalda mientras él le levantaba una pierna para empotrarla más profundo. El sonido de los cuerpos chocando resonaba entre las mesas vacías, mezclado con sus gemidos ahogados y el chapoteo de su coño chorreante cada vez que la embestía sin piedad. Ella le pedía más con cada empujón, su culo apretando la verga como un puño mientras le suplicaba que no se detuviera, que la llenara bien hasta dejarla hecha un trapo. Él le mordió el cuello y le dio la vuelta de golpe, hundiéndosela hasta las pelotas mientras le separaba las nalgas para ver cómo su polla desaparecía entre los labios hinchados de su conejita. Los jadeos se volvieron frenéticos cuando ella se corrió con un espasmo que le sacudió todo el cuerpo, pero él no aflojó ni un segundo, follándola con rabia hasta que sus jugos le resbalaron por los muslos y él mismo soltó un gruñido animal al dispararle su leche bien adentro, dejándola tan llena que por un momento pensó que se le iba a salir por la boca. Se quedaron ahí, jadeantes y sudorosos, con ella aún temblando de placer y él con la verga palpitante, sabiendo que aquella noche en Santa Catarina había sido tan intensa que ni el mejor polvo de su vida podría superarla.