Madrastra caliente chupa polla mientras la follan duro
La madrastra llegó a recogerlo del colegio con ese vestido ceñido que le marcaba el culo prieto y los pechos duros como dos sandías maduras. Él no pudo evitar mirarla de reojo al subir al auto, sintiendo cómo su verga se endurecía bajo el pantalón al ver cómo sus labios carnosos se humedecían mordisqueando el labial rojo. '¿Qué coño hago?' pensó, pero cuando ella posó su mano sobre su muslo mientras manejaba, supo que no había vuelta atrás. En el primer semáforo, ella lo agarró por el cuello de la camiseta y le susurró al oído: 'Tranquilo, mi amor, la mamá de tu amigo no va a decir nada', mientras que con la otra mano le desabrochaba el cinturón y sacaba su verga palpitante para empezar a chupársela con una lentitud que lo estaba volviendo loco. Cada lengüetazo en el glande le hacía gemir como un animal, mientras sus tetas rebotaban contra el volante al ritmo de las mamadas profundas que le daba, tragando hasta la base como si no hubiera mañana. Pero ella quería más, así que lo empujó contra el asiento del copiloto y se subió encima, levantándose el vestido hasta la cintura para dejar al descubierto un coño depilado y brillante que ya goteaba de puro deseo. Él la embistió sin piedad, agarrándola de las caderas mientras sus tetas rebotaban salvajemente con cada empellón, el sonido de sus cuerpos chocando llenaba el auto junto con los gritos ahogados de ella que no podía parar de gemir: '¡Más duro, mi hijito, así nomás, no pares que me voy a correr!' La madrastra se agarraba del reposacabezas mientras él la penetraba como un animal, sintiendo cómo su verga gruesa abría su estrecho canal hasta el fondo, cada embestida haciendo que su coño se llenara de jugos que resbalaban por sus muslos desnudos. Cuando sintió que el orgasmo la recorría de pies a cabeza, se aferró a sus hombros y gritó como una puta descontrolada mientras su corrida la llenaba por dentro, dejando su vagina completamente empapada y temblorosa. Él no tardó en seguirla, descargando toda su leche caliente dentro de ella mientras la madrastra se dejaba caer sobre su pecho, jadeando y susurrando obscenidades al oído que lo hicieron reír como un loco. Afuera, el semáforo seguía en rojo, pero dentro del auto solo importaba el olor a sexo, sudor y locura que los envolvía por completo.