Mckenzie lee reta a su hijastro a ver quién aguanta más
—¿Crees que puedes manejarme, niño?— le susurró McKenzie Lee mientras se mordía el labio, desafiando a Wrex con una mirada que quemaba. El joven, con la polla ya dura como roca, no pudo evitar sonreír ante el reto. La madura se arrodilló frente a él, agarrando su verga con ambas manos antes de meterla entera en su boca caliente, chupando con una presión que lo hizo gemir. Wrex le agarró el pelo, pero ella se soltó con un gesto juguetón, como diciendo que las reglas las ponía ella. Se subió a horcajadas sobre él, guiando su polla hasta su coño mojado de un solo golpe, haciéndolo gruñir cuando sus caderas chocaron. Cada embestida era un desafío, cada gemido de ella una provocación. Wrex la agarró de las tetas, apretando sus pezones mientras la empotraba contra el colchón, cambiando de posición para dominar el ritmo. McKenzie arqueó la espalda, gritando cuando él la penetró hasta las pelotas, pero no se rindió: lo empujó contra la pared y lo cabalgó como una diosa, moviendo las caderas en círculos hasta que él no pudo más y se corrió dentro de ella. Al terminar, una mancha de semen brillaba en el vientre de McKenzie, prueba de que el juego había sido suyo.