Mamita cachonda se excita en el gimnasio cachondo
La vecina de tetas grandes y culo prieto llevaba semanas coqueteando con él mientras se ejercitaba en el gimnasio del barrio, siempre con esos leggings que le marcaban cada curva del cuerpo como si fueran a reventar. Hoy por fin se acercó con esa sonrisa pícara y un par de mancuernas más ligeras de las que usaba normalmente, pero él sabía que no venía a sudar. Le susurró al oído que necesitaba algo más intenso que una caminata en la cinta, mientras le pasaba la lengua por el cuello sudoroso y le apretaba el culo redondo contra el mostrador de recepción. Sin perder tiempo, él le agarró la coleta y le echó la cabeza hacia atrás para besarla con lengua, mientras ella le desabrochaba el pantalón del chándal con manos temblorosas y le sacaba la polla dura que ya chorreaba. La mamita se arrodilló en el suelo de goma del gimnasio y se la metió entera en la boca, ahogándose con el grosor pero sin soltarla ni un segundo, mientras le agarraba los huevos bien apretados con una mano y le lamía la punta como si fuera un helado derretido. Él le levantó el culo al aire sobre una banca de abdominales y le arrancó las bragas de encaje negro que llevaba escondidas bajo los leggings, dejándole el coño bien mojado y palpitando de anticipación. Con un empujón bestial la empaló contra la colchoneta, hundiéndosele hasta las bolas en ese coño estrecho que chorreaba lubricante por cada embestida, mientras ella gritaba con cada golpe que le dejaba el culo rojo y tembloroso. Él le agarró los pechos enormes que se sacudían con cada movimiento y se los apretó hasta dejarle marcas rojas, mordiéndole los pezones duros como piedras mientras le llenaba el coño de leche caliente hasta que ella se corrió gimiendo su nombre y le dejó el vestido pegado al cuerpo por el sudor y los jugos. Cuando por fin se separaron, ella se limpió los labios hinchados con el dorso de la mano y le susurró que tenía que repetirlo mañana en el mismo sitio, porque ahora el gimnasio le gustaba más que el sexo normal.