Madura de tetas grandes se deja follar por el hijastro acariciandome
El sofá de la sala estaba demasiado cerca del dormitorio de mi hijastro, y cada vez que me sentaba ahí con mi tanga ajustado, sabía que él me miraba de reojo. Llevaba semanas notando cómo sus ojos se clavaban en mis tetas rebosantes, en cómo se mordía el labio cuando me inclinaba para servir el café. Sabía que estaba mal, pero no podía evitar provocarlo: cruzar las piernas para que se viera el brillo de mi coño mojado, rozar su brazo «accidentalmente» cada vez que pasábamos cerca. Hasta que una tarde, cuando ya no aguante más, me acerqué y le agarré la polla dura por encima del pantalón. Sentí cómo se estremeció, cómo su respiración se cortó cuando empecé a masajearlo lentamente, saboreando cada gemido ahogado. Lo empujé sobre el sofá y me monté encima, hundiendo su verga gruesa en mi coño apretado hasta que sintió el calor de mis paredes envolviéndolo. Lo cabalgué como una loca, moviendo mis caderas para que cada embestida le rozara el cuello del útero, mientras él me agarraba las nalgas con fuerza, dejando marcas rojas en mi piel. Me encantó cómo me miraba con esa mezcla de culpa y lujuria, cómo murmuraba «esto está mal» entre dientes mientras me empalaba una y otra vez. Cuando ya no pudo aguantar más, lo sentí correrse dentro, llenándome hasta que su leche rebosó y me escurrió por los muslos. Ahora no puedo parar de pensar en la próxima vez, en cómo lo haré gemir más fuerte, en cómo lo convenceré de que esto no es un error... aunque ambos sepamos que sí lo es.