La morena de tetas grandes se masturba con culpa y deseo
Era media tarde en su habitación, con la luz del atardecer filtrándose por las cortinas, cuando Edo Tensei se quitó el sujetador de encaje negro y dejó al descubierto sus tetas redondas y firmes, brillantes por el aceite que se había untado. Sabía que no debía tocarse así, que su marido podría volver en cualquier momento, pero el morbo de ser pillada la excitaba más. Con los dedos resbaladizos, empezó a masajear sus pezones duros mientras se mordía el labio inferior pintado de rojo, gimiendo bajito para no alertar a los vecinos. Sus caderas se movían al ritmo de sus caricias, el coño ya mojado y palpitante, y no pudo evitar deslizar una mano hacia abajo, separando los labios hinchados para sentir cómo sus dedos entraban sin resistencia. La otra mano seguía amasando sus tetas, apretándolas con fuerza mientras arqueaba la espalda, imaginando que era otra persona la que la estaba follando así, con esa urgencia prohibida. El vibrador que tenía escondido bajo la almohada apareció de pronto, y lo encendió al máximo, sintiendo cómo las vibraciones la hacían temblar entera, los muslos temblando y las rodillas débiles. Se corrió con un gemido ahogado, los dedos clavados en su propia carne, el cuerpo convulsionando de placer mientras el aceite resbalaba por su piel sudorosa. Cuando terminó, se quedó quieta un momento, escuchando el silencio de la casa, preguntándose si alguien habría escuchado sus gritos ahogados. Afuera, el marido de Edo Tensei entró por la puerta principal, sin sospechar nada, pero con una sonrisa pícara al notar el olor a sexo en el aire.