Latina juguetona acepta un polvo bien duro
Se la veía con ese juguete entre las piernas mientras se mordía el labio, mirándome con ojos de puta necesitada. No hizo falta que le pidiera nada, solo me acerqué y le arranqué el vibrador de un tirón para metérselo en la boca, sintiendo cómo se ahogaba con su propia saliva mientras gemía como una zorra en celo. La tumbé en el sofá y le abrí las piernas de una patada, buscando ese coño empapado que ya olía a sexo puro. Con un empujón la puse a cuatro patas y le di una primera embestida que le hizo gritar, con la polla bien dura enterrándose hasta las pelotas en su agujero estrecho. No tardó en ponerse a cabalgarme como una loca, con las tetas rebotando y los gritos ahogados en la almohada, mientras yo le agarraba de las caderas para empotrarla más fuerte. Le metí los dedos en la boca para que chupara mientras le llenaba la garganta con cada embestida, sintiendo cómo se corría en oleadas sobre mi verga, empapándome los huevos de su leche caliente. Cuando ya no pudo más, la tiré boca arriba y le abrí las piernas como un libro, clavándosela hasta el fondo con movimientos cortos y brutales, haciendo que su coño chorreante saltara con cada golpe. Le pedí que se tragara mi leche y no se resistió, abriendo la boca como una buena putita mientras eyaculaba entre sus labios carnosos, dejando gotas blancas en su lengua y en su barbilla. Terminó exhausta, con el cuerpo temblando y el coño rojo de tanto follar, mientras yo me limpiaba los restos de semen en su piel sudorosa. No era solo sexo, era una follada salvaje donde ella no paraba de pedir más, con esa cara de viciosa que ya no podía aguantar ni un segundo más sin correrse.