Lady Lyne reta a su amante a una noche de placer sin límites
La habitación estaba iluminada por velas rojas que proyectaban sombras danzantes en las paredes, mientras el aire olía a perfume dulce y sudor fresco. Yo me acerqué a él con una sonrisa pícara, sabiendo que esta vez no sería un simple revolcón, le había lanzado un desafío que no podría rechazar. '¿Crees que puedes manejarme toda la noche?', le susurré al oído mientras mis dedos jugueteaban con el dobladillo de su camisa. Él aceptó el reto sin saber que mi coño ya estaba empapado solo de pensar en lo que vendría. Empecé a desabrocharle los pantalones con lentitud, sintiendo cómo su polla se endurecía bajo mis caricias, y cuando la liberé, me arrodillé para chuparla con avidez, disfrutando cada gemido que escapaba de sus labios. Pero no me detuve ahí: me subí sobre él a horcajadas, guiando su verga hacia mi coño húmedo y cabalgándolo con movimientos circulares que lo volvieron loco. Cada embestida era un golpe de placer que me hacía arquear la espalda, y cuando sentí que estaba cerca, me incliné para susurrarle: '¿Aún crees que puedes aguantar?'. Él intentó resistirse, pero mis caderas no le dieron tregua, y cuando por fin se corrió, su leche caliente se derramó dentro de mí mientras yo seguía moviéndome, buscando mi propio orgasmo. Al terminar, su semen goteaba por mis muslos, y la marca de mis uñas en su espalda era la prueba de lo intenso que había sido el encuentro.