La mejor terapia: Cristina Sauvage y su coño mojado sin parar
No podía creer que Cristina Sauvage, con ese culito apretado y esos ojos azules que me volvían loco, estuviera aquí, en mi casa, con la puerta entreabierta y el riesgo de que su marido llegara en cualquier momento. Desde que la conocí en esa fiesta, supe que era una puta caliente que no podía resistirse a mi polla, y hoy lo confirmé: apenas entramos, me empujó contra el sofá y se arrodilló frente a mí, chupándome con esa boca experta mientras sus tetitas pequeñas rebotaban. Le arranqué el tanga con los dientes, dejando su coño al aire, y empecé a lamerle el clítoris hasta que gimió tan fuerte que tuve que taparle la boca con la mano. La puse de cuatro patas y le metí la verga de una estocada, sintiendo cómo su coño se ajustaba a mi polla como un guante. Cada vez que la embestía, sus tetas se movían y sus gemidos se ahogaban contra el cojín, pero yo sabía que si alguien pasaba por el pasillo, nos pillarían. Aceleré el ritmo, clavándole la polla hasta las pelotas mientras ella se corría en mi verga, y cuando no pude aguantar más, me corrí dentro de ella, llenándola entera. Al salir, su coño seguía temblando, y en el suelo quedó su tanga roto como prueba de lo que acabábamos de hacer.