La esposa furiosa me castigaba hasta que le empotré mi polla dura para callarla
La tenías ahí, con ese culo de diosa tatuado temblando de rabia mientras te gritaba por el desorden, pero en segundos esa furia se volvió gemidos ahogados cuando la agarras por la cintura y le clavaste tu verga gruesa entre las nalgas. Ella se resistía al principio, pero en cuanto sentiste cómo su concha apretada te envolvía entero de golpe, sus insultos se convirtieron en sollozos de placer. Las uñas se le clavaban en la piel mientras la embestías contra la pared, sintiendo cómo su jugo caliente te bañaba los huevos. Polla Dura no perdía ni un segundo, alternando entre azotarle ese culo redondo y morderle el cuello para que supiera quién mandaba ahí. Sarablond, la culona, se retorcía pidiendo más, pero no te detuviste hasta que tus bolas golpearon su piel una y otra vez, dejándola temblando con cada estocada hasta hacerle gritar. Cuando al fin te corriste, sus temblores no cesaban, y solo entonces susurraste al oído que la próxima vez sería en el suelo y contra la puerta, para que todos escucharan. Esa furia suya nunca te gustó tanto.