La chef me empotra fuerte con su culazo
Llevaba días comiendo sus miraditas mientras me servía el postre, esos labios carnosos mordiendo el plato con una sensualidad que me tenía más duro que un palo de escoba. Cuando el local cerró y nos quedamos solos en la cocina, ella me agarró del delantal con esos dedos llenos de harina y me arrastró contra la mesa de acero inoxidable. El olor a especias y a su perfume barato se mezcló con el sudor que ya me recorría la espalda mientras me bajaba los pantalones con un tirón seco. Su culo redondo y prieto rebotó contra mis caderas al primer envite, ese culazo apretado que tanto había deseado devorar con mis manos. La jodí contra el mostrador, sus tetas grandes aplastadas contra la superficie fría mientras sus gemidos resonaban entre las ollas colgadas. Sentí cómo su coño empapado se abría paso alrededor de mi polla cada vez que la embestía con fuerza, sus muslos gruesos temblando cada vez que la penetraba hasta el fondo. El sonido de nuestros cuerpos chocando se mezclaba con sus gritos ahogados en el trapo que le metí en la boca para que no despertara a los vecinos. Su piel oscura brillaba bajo la luz de la cocina, esos glúteos temblaban como gelatina al ritmo de mis embestidas, y cada vez que la azotaba con la mano abierta, su carne vibraba con un sonido húmedo y satisfactorio. No pasaron ni cinco minutos antes de que sus paredes vaginales empezaran a contraerse como un torno alrededor de mi verga, sus jugos resbalando por mis bolas mientras se corría gritando mi nombre con la voz ronca por el esfuerzo. Apreté su culo con ambas manos y la levanté un poco para que pudiera cabalgarme mejor, sus caderas moviéndose en círculos mientras yo le clavaba los dedos en la carne para marcarla. Cuando por fin me vine, fue tan intenso que casi me desmayo, mi leche caliente llenando su coño hasta rebosar mientras ella se dejaba caer contra mí, jadeante y completamente satisfecha. Quedamos allí, sudorosos y pegajosos, con el olor a sexo flotando en el aire mientras me lamía los labios, saboreando el sudor salado de su cuello y el resto de mi corrida que le goteaba entre las piernas.