Joven morena disfruta follada salvaje en perrito
Esa tarde en el dormitorio, el aire estaba cargado de deseo reprimido. Llevaban días mirándose con complicidad, rozándose sin querer, conteniendo gemidos en los pasillos. La tensión era insoportable hasta que él la empujó contra la cama, le bajó los jeans de un tirón y le separó las nalgas con las manos. Su coño estaba chorreando, rosado y perfecto, listo para recibir esa verga gruesa que ya palpitaba contra su culo. Se arrodilló detrás de ella, le agarró las caderas con fuerza y la penetró de una estocada, haciendo que gritara al sentirlo hasta las pelotas. Cada embestida era más profunda, más violenta, mientras ella se aferraba a las sábanas y movía el culo hacia atrás para recibirlo mejor. Los golpes de sus cuerpos resonaban en la habitación, mezclados con los gemidos ahogados de ella y los gruñidos guturales de él. Cuando él le agarró el pelo y la obligó a arquearse, supo que ya no había vuelta atrás. La folló así hasta que el orgasmo los sacudió a los dos, dejándola temblando y con las piernas flojas. Él se quedó mirándola, satisfecho, mientras su polla aún palpitaba dentro de ella.