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Estudiante flaquita se deja empotrar por cura vicioso

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La flaquita de dieciocho recién cumplidos llegó con su uniforme ajustado que apenas le cubría el culito prieto y las tetas pequeñas pero duritas, tan nerviosa que se le notaban los pezones marcados bajo la blusa barata que le había prestado su mamá. El cura, con esa sotana negra que le llegaba hasta los tobillos y esa verga enorme que se le marcaba sin pudor cada vez que se movía, la miró con unos ojos que prometían pecado de los buenos. Ella, que había estado masturbándose todas las noches imaginando cómo sería que un hombre de Dios le hiciera sentir algo real, no pudo más que gemirle un 'sí, padre' cuando él le agarró el pelo con fuerza y le susurró al oído que hoy iba a pagar todos sus pecados a polazos bien dados. Sin perder tiempo, el cura le arrancó el pequeño tanga de encaje que llevaba puesto y se lo metió en la boca para que la chica probara su propia ropa interior empapada mientras él le lamía el coño depilado como si fuera un postre prohibido. Ella gritó cuando sintió la lengua gruesa recorriendo su raja desde el clítoris hasta el culo, que también le había estado imaginando que le metían la verga, y no pudo evitar arquear la espalda para que se le hundiera más la cara entre las piernas. '¡Más fuerte, padre, que me corro!' le suplicó con la voz temblorosa mientras él le agarraba las nalgas con las dos manos y le comía el coño como si fuera su última comida antes del infierno. Pero el cura no se conformó con eso, la levantó en volandas como si no pesara nada y la tiró sobre la mesa del confesionario, donde la madera crujió bajo su culito esquelético pero bien formado. Él se bajó los pantalones de la sotana con un movimiento brusco y dejó al aire esa verga palpitante que ya goteaba por todas partes, lista para reventarle el coño estrechito que tanto le había estado volviendo loco en sus fantasías. Con un empujón salvaje, se la clavó de una sola vez hasta el fondo, haciendo que ella soltara un alarido de dolor mezclado con placer mientras sus tetas pequeñas rebotaban con cada embestida brutal que le estaba dando el cura, que no paraba de gruñirle que era una puta pecadora y que merecía que la reventaran bien reventada. El cura la empotró contra la pared, agarrándole las piernas flaquitas por detrás y metiéndosela hasta la garganta de tanto que se le hundía el culo entre las nalgas, que no paraban de temblarle con cada golpe de cadera. Ella no pudo aguantar más, sintió cómo las paredes de su coño se contraían alrededor de la verga como si quisieran exprimirle hasta la última gota de leche espesa que le estaba inyectando el cura en lo más profundo, y se corrió gritando su nombre entre sollozos mientras la leche le resbalaba por las piernas y le manchaba el uniforme de monja que ni siquiera llevaba puesto. Pero el cura no había terminado, la dio vuelta como un trapo y se la folló de perrito sobre el suelo frío de la iglesia, agarrándole el pelo y metiéndosela hasta el fondo una y otra vez hasta que, con un gruñido animal, se corrió dentro de ella sin protección, llenándole el vientre de semen caliente que le escocía por dentro mientras ella gemía y le pedía más como la puta viciosa que siempre había soñado ser.

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