Atleta caliente se traga una polla negra bien dura
El tipo llegó sudando de la calle con la camiseta pegada al cuerpo y esa mirada que le derretía el coño solo de verlo caminar. Ella, que ya venía mojada desde que lo vio por la ventana, se tiró encima de él sin pensarlo dos veces y le arrancó el cinturón mientras sus labios buscaban a tientas la verga más gruesa que había visto en su vida. La polla negra le quemaba las manos al agarrarla, palpitando como un animal salvaje, y cuando se la metió en la boca notó el sabor salado de la punta mezclándose con su propia saliva espesa. Él le agarró la nuca con fuerza, empujando hasta que ella sintió el glande rozándole la garganta, tosiendo pero sin soltar ni un milímetro, mientras sus gemidos ahogados le vibraban en la entrepierna. La soltó un segundo para desnudarla a tirones, arrancándole la tanga de encaje hasta dejarla con las piernas temblorosas y el coño abierto como una flor mojada. La levantó en peso, apoyándola contra la pared con las tetas aplastadas contra el yeso frío, y le clavó la verga hasta el fondo sin piedad, sintiendo cómo sus paredes se estremecían y se le escapaba un grito ronco de los labios. Cada embestida le sacudía el culo como si fuera de trapo, sus nalgas sonaban a cachetadas secas mientras él la empotraba con un ritmo que le nublaba la vista, la boca entreabierta dejando escapar hilos de babas que le resbalaban por la barbilla. Ella se corrió primero, un espasmo brutal que le retorció el vientre y le llenó el coño de leche espesa, pero él no aflojó ni un segundo, sacudiéndola con más fuerza hasta que su propio clímax le explotó en las entrañas, descargando hasta el último chorro dentro de ese coño que ya no sabía si era suyo o de él. Cuando por fin se separaron, ella quedó resbaladiza, con los muslos cubiertos de semen y el olor a sexo flotando en el aire como un perfume barato pero delicioso.