El sumiso se abre al ver esa polla enorme
El tipo llevaba horas enjaulado, gimiendo y tirando con las cadenas mientras se masturbaba como un animal en celo. Cuando la puerta de la jaula crujió y entró ese macho musculoso con su verga gruesa y palpitante, el pobre sumiso no pudo evitar soltar un gemido de pura lujuria. La polla del dominador estaba tan dura que hasta el prepucio brillaba con gotas de líquido preseminal, y al rozarle el culo con la punta, el sumiso soltó un grito ahogado, sintiendo cómo el escozor inicial se convertía en un fuego que le quemaba las entrañas. El macho no perdió tiempo: lo agarró por las caderas con manos de acero y, sin avisar, le clavó toda la verga hasta el fondo, arrancándole un aullido de dolor mezclado con placer. El culo del sumiso, aún estrecho de tanto tiempo enjaulado, se resistió al principio, pero la polla enorme del dominador no tenía piedad y seguían sus embestidas brutales, cada una más profunda que la anterior, mientras la espalda del sumiso se arqueaba como si quisiera romperse bajo el peso de tanto placer. El sonido de carne chocando contra carne resonaba en la habitación, mezclado con los gritos del sumiso, que ya no sabía si quería que parara o que nunca terminara. El macho, jadeando como un animal salvaje, le escupió en el culo para lubricar mejor y luego le empotró la verga hasta tocarle las entrañas, haciendo que el sumiso se corriera sin haberle tocado la polla, manchando de blanco el suelo de la jaula. Cuando el dominador sintió que el culito apretaba su verga como un tornillo, no pudo aguantar más y soltó su leche hirviente dentro, llenándolo hasta el fondo mientras el sumiso se deshacía en espasmos de éxtasis, gritando su nombre con voz ronca y desesperada.