Brasilera Natasha revienta a Lykos con sexo salvaje y gritos
Desde el primer segundo que Natasha le clavó los ojos al verlo entrar con esa polla que se le marcaba en el pantalón ajustado, supo que esa noche no iba a dormir tranquila. Él, Lykos, no necesitó decir ni una palabra cuando ella le agarró el cinturón y le arrancó los botones de la camisa con los dientes, dejando al descubierto un torso marcado que le hizo babear. Sin perder tiempo, se arrodilló en el suelo y se tragó toda su verga gruesa hasta que sus labios hinchados rozaron sus pelotas pesadas, sintiendo cómo el sabor salado del pre-semen le inundaba la boca y le hacía gemir entre susurros. Él le sujetó la cabeza con fuerza y empezó a embestirle la garganta sin piedad, haciendo que sus tetas naturales se balancearan con cada movimiento brusco mientras ella ahogaba sus gritos en un gemido ronco. Cuando por fin la levantó y la tiró bocabajo sobre el sofá, le arrancó el tanga empapado en jugos que le resbalaban por los muslos gruesos y le clavó la polla hasta el fondo sin avisar, escupiendo gruesos chorros de lubricante natural que chorreaban por su culo prieto y su coño rosado. Ella chilló como una loca cuando él le agarró las tetas desde atrás y le mordió el cuello mientras le metía los dedos en el coño para jugar con ese clítoris gordo que no paraba de latir, haciéndola convulsionar antes de que la primera corrida le salpicara entre las piernas temblorosas. La cosa escaló cuando Lykos la volteó boca arriba y le abrió las piernas como si fueran tijeras, metiéndole la verga hasta los huevos en el coño empapado mientras ella le arañaba la espalda y le gritaba que no parara, que la quería reventar por dentro. Entre gemidos guturales y embestidas brutales que hacían crujir la madera del piso, Natasha se corrió otra vez con fuerza, esta vez con la polla clavada hasta las entrañas, sintiendo cómo su leche espesa le llenaba el útero mientras sus jugos se mezclaban en un charco baboso debajo de su culo levantado. Cuando por fin se dejaron caer exhaustos, él le lamió el coño chorreante hasta dejarla limpia y ella, sin aliento, le susurró al oído que ningún otro hombre la había dejado así de mojada y destrozada por dentro.