Atheos se corre en un polvo casero con aceite y mucha tensión acumulada
La cama está desordenada, las sábanas manchan el aceite que brilla bajo la luz tenue del cuarto, y el aire huele a sudor y lujuria contenida desde hace días. Yo no aguantaba más las miradas de Atheos cuando me desvestía, sus dedos rozando mi cintura como si no pudiera evitarlo, y hoy ya no resistí más. Me recosté en el colchón con las piernas abiertas, sintiendo cómo el líquido resbalaba entre mis muslos, mojándome más con cada caricia que él me daba. Atheos se arrodilló frente a mí, su polla dura como piedra y brillando con el aceite, y yo gemí cuando la pasó por mis labios por primera vez. La tensión que habíamos soportado se rompió en el momento en que me penetró de una estocada, llenándome entera y haciendo que mis paredes lo aprieten sin control. Cada empujón de sus caderas contra mi coño resonaba en toda la habitación, el sonido de su piel golpeando la mía se mezclaba con mis gritos, y yo solo podía agarrar las sábanas mientras él me follaba como si no hubiera un mañana. Sentí cada centímetro de su verga entrando y saliendo, el aceite facilitando que llegara hasta las pelotas, y cuando sus dedos encontraron mi clítoris, no pude aguantar más. Mis piernas temblaron, mi cuerpo se arqueó, y justo cuando estaba a punto de correrme, Atheos se salió y se vino sobre mi vientre, su leche caliente extendiéndose por mi piel en chorros gruesos. El calor de su semen en mi piel fue lo último que sentí antes de que todo se volviera negro.