Asagi se retuerce gritando mientras la empotran sin piedad
El año nuevo arrancó con la jodida Asagi atada a una silla de mimbre en medio del salón, con las piernas abiertas y el coño empapado que chorreaba jugos sin control. Él, con la polla dura como un hierro y reluciente de saliva, le pasó la punta por los labios antes de hundírsela hasta el fondo sin avisar, arrancándole un alarido que sacudió las paredes. Ella, con los ojos inyectados en lujuria y las tetas rebotando al ritmo de cada embestida brutal, no paraba de gemir su nombre entre maldiciones mientras el cuero de la silla crujía bajo sus nalgas. Cada vez que él se retiraba, dejaba un hilo de flujo colgando entre sus pliegues antes de volver a clavársela hasta el fondo, haciendo que el coño se le abriera como una flor podrida bajo el peso de su carne palpitante. Ella intentaba zafarse, pero las cuerdas le apretaban las muñecas con fuerza, obligándola a recibir cada arremetida con la boca entreabierta y los dientes mordiendo un cojín para no gritar como una puta en celo. La polla, llena de venas hinchadas, se enterraba una y otra vez hasta que Asagi sintió cómo el orgasmo le subía por la espalda como un rayo, tensando cada músculo antes de romperse en un espasmo que la dejó sin aire. Él, lejos de parar, le agarró las caderas con dedos como garfios y le metió la verga hasta ahogarla en su garganta, sintiendo cómo el coño se le contraía alrededor como un puño caliente mientras ella se corría en chorros espesos que le resbalaban por las piernas. El líquido le chorreaba por los muslos, mezclándose con el sudor que le bajaba por el vientre, mientras él seguía machacándola sin piedad, con la respiración entrecortada y los huevos golpeándole el culo en cada empujón. Al final, cuando ya no pudo contenerse más, le llenó el coño hasta el fondo con una corrida espesa que le quemó las entrañas, dejándola temblando y con la mirada perdida entre jadeos y suspiros de placer sucio.