Abuelita solitaria abre las piernas en el cottage
La abuelita llevaba meses encerrada en su cottage de madera, escuchando solo el crujir de las ramas y el viento helado de la montaña. Esa noche, mientras se masajeaba los pechos arrugados y resecos por el frío, recordó cómo su marido la penetraba contra la pared del granero cuando eran jóvenes. Con dedos temblorosos, se quitó la bata de lana y dejó al descubierto un coño peludo y encendido, empapado por los recuerdos de otra época. Se tumbó en la cama individual, con las piernas abiertas como un banquete, gimiendo cuando su propia mano resbaló entre los labios hinchados. Imaginó que era él quien volvía, con su polla gruesa y venosa, lista para empalarla hasta el fondo. Sin pensarlo dos veces, se introdujo dos dedos en el coño, sintiendo cómo la humedad le resbalaba por la muñeca mientras jadeaba como una perra en celo. El sonido de la puerta al abrirse la sobresaltó, pero era solo el viento, aunque ella ya no podía parar: siguió masturbándose con furia, sintiendo cómo el clítoris se le ponía duro como una piedra. Cuando por fin se corrió, un chorro grueso le salió disparado entre las piernas, manchando las sábanas mientras gritaba como una puta descontrolada. El líquido caliente le resbaló por el culo, dejándola completamente mojada y satisfecha, con la respiración entrecortada y una sonrisa pícara en los labios arrugados. Ahora solo quería que alguien la llenara hasta reventar, aunque fuera un desconocido que pasara por allí con ganas de joder a una vieja cachonda.