Una mamá madura se empala con la polla gigante de pato
La mamá de pelo candeal y tetas pesadas ya no podía resistirse más a la verga negra y monstruosa que le colgaba entre las piernas a ese tipo de sonrisa pícara. Desde que lo vio por primera vez en el ascensor con ese cosplay de gladiador que le dejaba el culo al aire, no hizo más que imaginarse cómo se la clavaría hasta ahogarla en su coño empapado. Él, al notarla temblar cuando le rozó el muslo con sus dedos gruesos, le susurró al oído que le iba a reventar el coño a base de embestidas salvajes sin piedad. Ella, con los labios rojos de tanto morderlos, se dejó caer de rodillas sobre la alfombra y le chupó la polla como una puta hambrienta, sintiendo cómo le latía la vena gruesa bajo la lengua mientras gemía con los ojos llorosos. Él la agarró del pelo y se la metió hasta la garganta, ahogándola con su leche espesa que le resbalaba por la barbilla mientras ella tragaba con ansias cada gota. Pero eso no era suficiente: la levantó como si no pesara nada, la puso boca arriba y le abrió las piernas hasta casi desgarlarla, hundiendo su verga negra en ese coño chorreante que ya pedía a gritos ser destrozado. Las embestidas eran tan duras que el sonido de los choques entre sus cuerpos resonaba en toda la habitación, mezclado con los gritos ahogados de ella que no paraba de mojar las sábanas con chorros de su leche caliente siguiendo el ritmo de cada empotramiento brutal. Él le agarró los pechos enormes y se los apretó hasta dejar marcas moradas mientras le escupía en la boca abierta, ordenándole que lamiera cada gota de sudor que le caía del cuello. Cuando ella ya no pudo aguantar más, se corrió con un espasmo que le sacudió todo el cuerpo, eyaculando de forma tan intensa que le chorread la leche por el culo y le empapó hasta las bragas, que quedaron pegadas a su piel como una segunda piel mojada. Él, lejos de terminar, le dio la vuelta y se la clavó por detrás con un empujón que le hizo gritar como una perra en celo, sintiendo cómo su verga le abría el coño hasta el fondo mientras ella se mordía el labio para no gritar como una loca. Las paredes temblaban con cada embestida, la cama crujía bajo su peso y los jugos de su coño se esparcían como una fuente por todo el colchón, mezclándose con los chorros de su corrida que le resbalaban por los muslos. Él no se detuvo hasta dejarla exhausta, con el coño hinchado y los labios hinchados de tanto gemir, mientras ella seguía gimiendo aunque ya no tenía voz, con la cara enterrada en la almohada para ahogar los últimos gritos de placer. La escena terminó con él vaciándosele en la boca abierta, dejándole la cara cubierta de semen espeso mientras ella tragaba con los ojos en blanco, completamente rendida y satisfecha de que por fin alguien le hubiera partido el coño como merecía.