Tío musculoso de pelo negro revienta coño mojado
El tipo llegó como un huracán, con esa barba negra que le tupía la mandíbula y el cuerpo tan marcado que parecía esculpido a cincel, sudando por cada músculo mientras se acercaba sin prisa pero sin pausa. Ella no pudo evitar soltar un gemido cuando le agarró el pie descalzo con esas manos grandes y callosas, pasándoselo por la cara hasta que le dejó la mejilla empapada con su saliva caliente. Antes de que pudiera reaccionar, ya le tenía los labios pegados a la polla dura como el mármol, chupando con avidez mientras sus tetas, redondas y prietas, rebotaban al ritmo de los suaves vaivenes de su cabeza. Él no tardó en agarrarla del pelo, hundiendo su verga hasta la garganta con embestidas cortas pero brutales que le hacían toser entre jadeos, mientras sus caderas se movían como si llevara años practicando ese movimiento. Cuando la levantó en volandas sin esfuerzo —aunque ella pesara más de lo que parecía— y la tiró sobre la cama con un golpe seco, los muelles crujieron como si fueran a romperse bajo el peso de sus cuerpos sudorosos. La agarró de las caderas con fuerza de hierro y se la empotró por detrás sin piedad, metiéndosela hasta el fondo con un sonido húmedo y espeso que resonaba en toda la habitación, mientras ella chillaba como una puta en celo, con las uñas clavadas en las sábanas blancas que ya estaban hechas un trapo. Cada embestida le sacudía el coño hasta hacerle perder la cordura, sintiendo cómo la verga enorme le rozaba el punto más sensible cada vez que se retiraba para volver a clavársela hasta la raíz, dejándola sin aliento entre gritos y maldiciones. Él no se conformó con follarla así: le ordenó que se pusiera a gatas en el suelo, apoyada en el respaldo de la silla del comedor, y entonces se la metió desde atrás con tanta fuerza que el mueble tembló como si fuera a derrumbarse, mientras sus pelotas le golpeaban el coño sin piedad hasta dejarla completamente mojada, con los muslos resbaladizos por los jugos que le escapaban sin control. Cuando notó que los músculos de él se tensaban como cuerdas a punto de romperse, se dejó caer sobre su espalda y se corrió con un aullido animal, sintiendo cómo la leche espesa le llenaba el coño hasta rebosar, goteando por sus muslos mientras ambos se desplomaban sobre la alfombra, jadeantes y cubiertos de un sudor que olía a sexo y a pecado.