Mi compañero femboy y yo nos dejamos llevar viendo hentai
No planeaba que termináramos así, pero cuando empezó a pasar el hentai en la tele, las miradas empezaron a ponerse más cargadas de lo normal. Ya llevábamos días coqueteando sin atrevernos a cruzar esa línea, rozándonos de forma casual, dejando caer insinuaciones en el aire. Pero esa noche, con el volumen bajo y los gemidos de la pantalla llenando el silencio, fue como si algo se rompiera. Sus ojos brillaban de una manera diferente, sus labios entreabiertos pedían que los mordiera, y cuando su mano se deslizó por mi muslo, supe que ya no habría vuelta atrás. Lo jalé hacia mí de un tirón, y antes de que pudiera respirar, estaba chupando su polla como si no hubiera mañana, sintiendo cómo se ponía dura entre mis labios, gruesa y palpitante. Sus uñas se clavaron en mi espalda mientras yo tragaba hasta dejarlo sin aliento, pasando la lengua por cada vena, sintiendo cómo se retorcía de placer. Pero él no quería quedarse atrás, y cuando me empujó contra el sofá, ya tenía los dedos hundidos en mi coño mojado, frotando justo donde más lo necesitaba. Las mamadas se volvieron más salvajes, chupando con más fuerza, tragando hasta las pelotas, mientras sus dedos me follaban sin piedad. La tensión de semanas se desbordó en gemidos ahogados, en cuerpos sudorosos que chocaban, en la urgencia de sentir más piel, más contacto. Ya no éramos dos personas viendo pornografía, éramos dos animales en celo, desesperados por liberar toda esa energía reprimida. Cuando me montó a horcajadas, su polla entraba y salía de mí como un pistón, golpeando justo donde más duele, haciendo que mis gritos se mezclaran con los sonidos del hentai que seguían sonando de fondo. Las caderas de los dos chocaban con fuerza, el sofá crujía bajo nuestro peso, y cada embestida lo hundía más adentro, hasta que ya no hubo espacio entre nosotros. El orgasmo llegó de golpe, un relámpago que nos dejó paralizados, sus dedos clavados en mis caderas mientras se corría dentro de mí, llenándome hasta rebosar. Y en esos últimos espasmos, con el semen chorreando por mis muslos, supe que esto no había sido un accidente, sino el final inevitable de toda esa tensión acumulada.