Madrastra caliente no aguanta mi verga dura
La madrastra llevaba toda la tarde con ese vestido ajustado que le marcaba el culo prieto mientras se agachaba a recoger el trapo que se le había caído... Su coño ya olía a excitación cuando notó mi polla rozándole el muslo por detrás sin avisar. Se quedó quieta un segundo, con los ojos como platos, pero cuando le tapé la boca con la mano y le susurré al oído que no hiciera ruido, soltó un gemido ahogado que me dijo que estaba más que lista. Le levanté la falda de golpe, le bajé el tanga de un tirón y vi que su conejita estaba empapada, brillando bajo la luz tenue del salón. Sin darle tiempo a protestar, la empalé contra la pared con un empujón fuerte, sintiendo cómo su coño se abría para recibirme mientras sus uñas se clavaban en mis antebrazos. Ella jadeaba como una perra en celo, moviendo el culo contra mí para que le diera más fuerte, cada embestida haciendo que su carne temblará. Le agarré las tetas por encima de la blusa, apretando sus pezones duros como piedras mientras la follaba sin piedad, el sonido de mis pelotas chocando contra su culo húmedo llenando la habitación. Cada vez que la embestía profundo, ella gritaba con la voz ahogada, su respiración entrecortada y el cuerpo tembloroso de tanto placer. Sentí cómo sus paredes se contraían alrededor de mi verga cuando le metí los dedos en la boca para que chupara mientras la seguía empotrando, sus gemidos ahogados en saliva. Cuando noté que estaba a punto de correrse, aceleré el ritmo, metiéndosela hasta el fondo con cada envite hasta que su coño empezó a convulsionar alrededor de mi polla, apretándome con fuerza mientras se corría gimiendo como una loca. Yo no aguanté más, saqué la verga de golpe y le disparé la leche caliente por toda la espalda baja, cubriéndole el culo y las piernas mientras ella se derretía contra la pared, exhausta y satisfecha.