La hermanastra Lola se corre de gusto con el hermanastro
Desde que llegó a la casa Lola no paraba de mirarlo con esos ojos de puta hambrienta, mordiéndose el labio cada vez que él pasaba cerca con esa camiseta ajustada que le marcaba la polla dura como una roca. Un día, mientras él se duchaba, ella entró sigilosamente al baño con el coño ya empapado y los pezones duros como piedras, llevando solo una toalla que apenas le cubría el culo. Sin mediar palabra, le arrancó la toalla de un tirón dejando al descubierto su coño depilado y brillante de excitación, mientras sus gemidos ahogados llenaban el vapor del baño. Él, sorprendido pero más cachondo que nunca, no pudo resistirse cuando ella se arrodilló frente a su verga palpitante, le lamió los huevos con lengua traviesa y se tragó toda su polla hasta la garganta sin titubear. Lola no se conformó con mamársela, quería más: se levantó, se apoyó contra el lavabo con las piernas temblorosas y le pidió a gritos que la empotrara contra la pared, el culo en pompa y el coño goteando de ganas. Las embestidas fueron brutales, cada golpe resonaba en el espejo empañado mientras ella gritaba que no se corriera dentro, que quería sentirla bien adentro hasta que ambos quedaran exhaustos y sudorosos. Él no aguantó más, le agarró las caderas con fuerza y le metió toda la verga hasta que ella se corrió con un chillido animal, el coño apretándolo como un torno mientras el semen le brotaba a borbotones por dentro. Cuando terminaron, Lola se limpió el coño chorreante con su propia toalla, pero no antes de darle un último beso de despedida a su polla aún medio dura, susurrándole al oído que volvería a caer en la misma trampa una y otra vez.