El hijastro descubre a su madrastra enseñando a chupar verga con un pepino gigante
El muy cabrón llegó temprano del colegio y lo que vio en el sofá lo dejó tieso: su madrastra Erin Everheart, con ese culito respingón y esos pechos pequeños pero duros como piedras, le metía un pepino enorme en la boca a Olivia Madison mientras le susurraban cosas sucias al oído. La pelirroja, con su tatuaje de mariposa en el muslo derecho, no se cortaba ni un pelo y le agarraba la polla a Erin con ambas manos mientras gemía como una puta en celo, chupando cada centímetro de ese tronco grueso que le llegaba hasta la garganta. El hijastro, con la boca abierta y la verga palpitando dentro del pantalón, no podía creer lo que tenía frente a sus ojos: su madrastra, esa mujer que siempre lo miraba con cara de pocos amigos, ahora le enseñaba a una rubia tetona cómo tragar bien una verga sin atragantarse. Olivia, con los labios pintados de rojo y los ojos vidriosos, no paraba de babear sobre esa polla enorme mientras Erin le agarraba el pelo y le empotraba el pepino hasta casi ahogarla, gritando que así era como había que complacer a un macho de verdad. El hijastro, ya con la sangre hirviendo, se bajó el cierre del pantalón y sacó su propia polla, gruesa y morada, y sin pensarlo dos veces se acercó al sofá donde ambas se retorcían de placer, frotando su glande contra el culo de Erin mientras ella, con los ojos en blanco, le ordenaba a Olivia que se agachara y le lamiera las pelotas. La escena se volvió aún más caliente cuando el hijastro agarró a Olivia por las caderas y le metió la polla hasta el fondo, haciendo que la rubia soltara un grito agudo mientras Erin, con los pezones duros como piedras, se frotaba contra su propio culo y se corría encima del sofá, empapando la tela con sus jugos mientras gemía como una perra en celo. Olivia, con las tetas rebotando y la saliva colgando de su boca, no pudo resistirse y se lanzó a chupar la polla del hijastro con desesperación mientras Erin, sin perder el ritmo, le metía los dedos en el coño ya mojadísimo y le susurraba que era la puta más rica que había conocido nunca. La sala olía a sexo, a sudor y a verga sudada, con los cuerpos enredados y las carnes chocando sin piedad, hasta que finalmente los tres estallaron en un orgasmo colectivo: el hijastro se corrió dentro de Olivia, llenándole el coño de leche espesa mientras Erin se masturbaba con furia contra su propio muslo, gritando que nunca había sentido algo tan intenso en toda su vida.