Hermana política se deja empotrar con feromonas ardientes
Desde que se mudó a vivir con su hermano mayor, Lola no podía evitar mirarle el cuerpo cuando se duchaba, sintiendo cómo su coño se humedecía sin remedio cada vez que él pasaba cerca con ese olor a sudor y colonia barata. Una noche, después de unos tragos de más en la fiesta familiar, él la agarró por la cintura y la empujó contra la pared del pasillo, sintiendo al instante cómo su polla dura le rozaba el culo por encima del pantalón ajustado. Lola gimió sin poder evitarlo cuando él le arrancó la camiseta y le mordisqueó el cuello mientras le metía los dedos por el tanga, comprobando lo mojada que estaba. Entre besos desesperados y jadeos, él la levantó en volandas y la llevó al sofá, donde le bajó los leggings de un tirón para enterrar su lengua en su conejita empapada mientras ella se retorcía de placer. Cuando por fin se colocó entre sus piernas y le clavó la verga hasta el fondo, Lola gritó de éxtasis, sintiendo cómo cada embestida le llegaba al alma mientras las feromonas de su piel le nublaban la razón. Él la empotraba contra el mueble del salón sin piedad, haciendo que los cojines resbalaran al suelo mientras sus cuerpos chocaban con fuerza, sus pelotas golpeando su culo redondo cada vez que la penetraba hasta el fondo. Lola se corrió gritando su nombre, con el coño chorreando jugos por toda su polla, pero él no se detuvo ahí: la volteó boca abajo y la folló como un animal, agarrándola de las caderas y metiéndosela tan hondo que ella sintió cómo su leche caliente le llenaba las entrañas sin protección. Cuando por fin se desplomó sobre ella, jadeando y sudorosos, Lola supo que esa noche de feromonas y lujuria había cruzado un límite del que no podrían volver atrás.