Compañero de armas me chupa la polla en el campamento
El sudor le corría por la espalda mientras se arrodillaba frente a mí, con los ojos brillando de deseo. Las botas de combate aún le pesaban en los pies pero la necesidad de sentir mi verga entre sus labios era más fuerte que cualquier orden militar. Me desabroché el cinturón con manos temblorosas y saqué la polla dura, gruesa, palpitando con cada latido de mi corazón. Él no perdió el tiempo: la agarró con fuerza por la base y se la llevó a la boca sin pensarlo dos veces, chupando la cabeza con movimientos lentos y húmedos que me hicieron gemir de inmediato. El sonido de sus labios mojados envolviendo mi carne resonó en el contenedor vacío donde nos escondíamos, mezclándose con los jadeos que escapaban de su garganta. Sentía cómo su lengua jugaba con el frenillo mientras me miraba de reojo, como pidiendo permiso, pero sus ojos decían lo contrario: quería más, mucho más. Con un tirón firme, lo levanté por el pelo y lo obligué a tragársela hasta la garganta, sintiendo cómo se atragantaba pero sin detenerse, con los dedos apretando mis bolas mientras seguía mamando con avidez. El olor a sexo y sudor inundaba el aire mientras la saliva le resbalaba por la barbilla, manchando su uniforme verde. Me corrí sin aviso, disparando chorros espesos que le llenaron la boca hasta que no pudo más que tragar saliva mezclada con mi leche, con los ojos vidriosos de placer. Cuando por fin me soltó, se limpió los labios con el dorso de la mano y me miró con una sonrisa pícara, como si supiera que esto no acabaría aquí. La tensión entre nosotros crecía cada vez más, y esa noche no hubo órdenes que nos detuvieran.