Chica cachonda se traga toda la leche en su boquita rosada
La rubia de tacones altos no podía aguantar más las ganas de sentir esa polla gruesa llenándole la boca, así que se lanzó como una perra en celo cuando él le agarró la coleta y le metió la verga hasta la garganta. Las medias de red le apretaban las piernas mientras se arrodillaba en el suelo del estudio, chupando con avidez cada centímetro de su miembro palpitante, lamiendo las venas marcadas y saboreando el pre que le brotaba espeso. Él le sujetaba la cabeza con fuerza, empujando sin piedad hasta que ella ahogaba los gemidos, con los ojos llorosos pero sin soltar ni un segundo su grueso tronco. La saliva le resbalaba por la barbilla mientras cambiaba de postura, tumbándose boca arriba en el sofá y abriendo las piernas de par en par para que él le empotrara el coño depilado hasta dejarla sin aire. Los tacones se le clavaban en el culo cada vez que él la embestía con fuerza, haciendo que el sofá crujiera bajo el peso de sus cuerpos sudados. Ella gritaba cada vez que la polla le llegaba al fondo, mordiendo los labios para no correrse antes de tiempo, pero él no tenía piedad y le azotaba el clítoris con los dedos mientras la follaba en posición de perrito. El sonido de sus caderas chocando contra su culo sonaba húmedo y obsceno, mezclado con los gemidos roncos que le salían de la garganta cuando él le ordenaba que se tragara hasta la última gota. Cuando notó la leche espesa brotando en su garganta, ella tragó con fuerza sin desperdiciar ni una gota, lamiendo después la punta para asegurarse de que no se le escapaba ni un rastro. El semen le resbalaba por las comisuras de los labios, pero ella lo limpiaba con la lengua, jadeando y suplicando que le diera más, porque esa polla era su perdición y no se cansaba de sentirla dentro. El olor a sexo inundaba la habitación mientras él se corría otra vez, esta vez disparándole la leche caliente directamente en la boca abierta, obligándola a tragar saliva con cada chorro espeso que le caía en la lengua. Ella se retorcía de placer, con el coño empapado y los muslos temblorosos, pero él no le dio tregua: la levantó, la giró boca abajo y le metió la verga por el culo, empalándola sin piedad mientras ella gritaba de éxtasis y se corría con un orgasmo que le sacudió todo el cuerpo. Cuando por fin se desplomó sobre la cama, exhausta y con la boca llena de leche, él le susurró al oído que nunca se cansaría de verla así, dispuesta a todo solo por probar su polla. La rubia, con los labios hinchados y los pechos subiendo y bajando por el esfuerzo, solo atinó a sonreír y a pasarse la lengua por los labios para no perder ni una gota del preciado líquido blanco.