Viado pelado se la saca en los fondos de su casa
El sol de la tarde entra por la ventana entreabierta, iluminando el polvo que flota en el aire mientras te desabrochas los jeans en el cuarto de atrás, donde nadie te ve. La polla ya te late dura, gorda, y la agarras con la mano sudada, imaginando que en cualquier momento alguien podría entrar y verte así, con el culo al aire y los huevos pesados de tanto tiempo sin descargar. Te inclinas sobre la cama deshecha, sintiendo cómo el colchón cruje bajo tu peso, y te la empiezas a sobar despacio, primero con una mano y luego con las dos, apretando la punta morada que ya gotea. Los gemidos se te escapan entre los dientes, ahogados para que no te oigan, pero el calor te sube por la espalda y sabes que no vas a aguantar mucho. Te corren las ganas de acelerar, de sentir cómo la verga te rebota en la mano, cómo la piel se te tensa y los músculos se te contraen. Te la masturbas más rápido, imaginando que un vecino te está mirando por la ventana, que tu viejo podría volver en cualquier momento, y eso te pone más caliente, te hace apretar los ojos y morderte el labio. La polla te late cada vez más, te la sobas hasta que el semen te sale a chorros, caliente y espeso, salpicando las sábanas revueltas. Te quedas jadeando, con el cuerpo temblando y la mente llena de imágenes prohibidas, preguntándote si alguien habrá escuchado tus gemidos ahogados.