Vecina golosa llega a que le folle el culo gordo
Llevaba días viéndola asomarse al balcón con esos labios carnosos mordisqueando un cigarrillo mientras se retorcía el pelo teñido de rubio oxigenado. Hoy no aguantó más y se plantó en mi puerta con un vestido ajustado que le marcaba cada curva de esa delantera de infarto, unos pechos redondos que rebotaban al caminar y un culo prieto que pedía a gritos que le metiera la verga hasta el fondo. Sin mediar palabra, me agarró de la corbata y me arrastró hasta el sofá donde ya tenía abierta la cremallera de mi pantalón, sacándome la polla dura como una piedra que le hice chupar unos segundos antes de empujarla contra el respaldo del mueble. Ella gruñó al sentir mi glande rozarle el coño depilado, fino como una cuchilla, mientras le mordía el hombro cubierto de sudor frío. Agarré sus tetas grandes y firmes, que cabían justo en mis manos, y empecé a empotrarla contra el sofá con embestidas brutales que le hacían botar esas nalgas redondas y palpitantes contra mi pelvis. Los gemidos se le escapaban entrecortados mientras yo le agarraba el pelo y le metía la lengua hasta la garganta, notando cómo su coño se iba empapando más y más con cada embiste. Cuando por fin la giré y la puse a cuatro patas sobre la mesa del comedor, vi cómo su culo gordo temblaba al ritmo de mis caderas, preparándose para recibir toda la polla hasta que no cupiera ni un centímetro más. Los sonidos húmedos de sus fluidos mezclados con mis embestidas resonaban por toda la casa, mientras ella chillaba cada vez que le llegaba al fondo, clavándole los dedos en la madera para no caerse. La sentí tensar todos los músculos cuando le dije al oído que se corriera sobre mi verga, y entonces explotó en un orgasmo que la dejó temblando, con el coño chorreando y los muslos temblorosos. No pude aguantar más y le solté toda la leche caliente bien dentro, sintiendo cómo su culo se contraía al recibir cada gota mientras ella gritaba como una puta en celo. Cuando terminamos, se dejó caer en el suelo con las piernas abiertas, jadeando y con la boca llena de mi semen, mirándome con esos ojos vidriosos que suplicaban más.