Tres zorras tragan pollas hasta las pelotas
La rubia abrió la boca de par en par y se la metió hasta el fondo sin pestañear, con los ojos llorosos pero sin soltar ni un gemido mientras el cabrón de las pelotas se le clavaba en la garganta. La morena, con esas tetas naturales que le rebotaban al compás de cada embestida, no tardó en unirse y agarrarle la verga con fuerza para que se la tragara entera, sintiendo cómo se le ponía dura como una piedra al notar el calor de su boca caliente y babosa. La morenaza de culo prieto se arrodilló al lado y empezó a lamerle las bolas mientras la rubia se ahogaba con la polla, escuchando los sonidos húmedos y obscenos de su garganta tragando carne, con la saliva resbalando por su barbilla en hilos espesos. El tipo, con esa verga gruesa que le llegaba hasta el estómago, no podía más que gemir como un animal y empujarla con más fuerza hacia abajo, sintiendo cómo su coño se le mojaba solo de ver cómo le chupaban con esa necesidad desesperada que lo ponía más duro que nunca. La morena, con sus labios finos pero carnosos, se la tragó hasta el fondo una y otra vez, haciendo que le temblaran las piernas mientras la morenaza le masajeaba las bolas con esa boca experta, lamiéndole hasta el perineo antes de volver a engullirle la polla hasta la garganta. No pasó mucho hasta que el cabrón no pudo aguantarse más y le soltó un chorro grueso de leche espesa en la cara, cubriéndole las tetas, la barriga y hasta los labios, que ella se pasó la lengua con avidez para no perder ni una gota de esa crema caliente que le escurría por las mejillas. La rubia, con los ojos rojos pero la sonrisa pícara, se limpió los restos de leche de la cara y le pidió que se la metiera en la boca de nuevo, esta vez sin piedad, mientras la morena le agarraba el pelo para que no se moviera ni un centímetro. Los gemidos se volvieron más fuertes, más desesperados, y el olor a sexo inundó la habitación mientras las tres zorras se turnaban para ahogarse con esa polla monstruosa, lamiéndole los huevos, chupándole la punta y tragándosela hasta que no le quedó ni un solo centímetro por introducir. Cuando por fin eyaculó otra vez, esta vez dentro de la boca de la morena, las tres se quedaron ahí, jadeantes, con la cara llena de leche y los coños más mojados que nunca, sabiendo que esa no sería la última vez que se la comieran entre las tres.