Sheila trans con consolador grande me dejó el culo roto
Sheila me tenía loca desde que la vi por primera vez con esa polla postiza enorme que le colgaba entre las piernas, reluciente como un consolador de silicona bien lubricado. No pude resistirme cuando me agarró del pelo y me ordenó que me arrodillara en el suelo de la habitación, con las piernas bien abiertas y el culo en pompa para que me empotrara sin piedad. La primera embestida me dejó sin aliento, el plástico duro y grueso se clavó hasta el fondo de mi coño flácido y mojado que apenas podía contenerlo, y los gemidos se me escapaban sin control mientras ella me agarraba de las caderas y me movía como un trapo. Cada vez que se hundía dentro, sentía cómo me arrancaba un pedazo de carne, el dolor se mezclaba con un placer sucio que me hacía gritar más fuerte, pidiendo más sin ninguna vergüenza. Sheila no se conformó con el coño, enseguida me dio la vuelta y me obligó a arquear la espalda, metiéndome esa verga artificial por el culo hasta hacerme llorar de lo profundo que entraba, el ano se me abrió como una boca hambrienta sin poder resistirse. Los sonidos de la habitación eran una mezcla de bofetadas en la carne, los resoplidos de Sheila al empujar y mis propios alaridos cuando notaba cómo se me escapaba la leche por los muslos, dejando un charco pegajoso en el suelo. Ella se corrió primero, con un gruñido gutural y una última embestida que me dejó temblando, pero yo seguía ahí, con el coño destrozado y el culo abierto de par en par, pidiendo que no parara ni un segundo. Cuando al fin se sacó de mi cuerpo, noté cómo me goteaba por las piernas, los jugos mezclados con sangre y semen artificial, y solo atiné a arrastrarme hasta el sofá para dejar que Sheila me limpiara con la lengua, lamiendo cada gota que me resbalaba por el interior de los muslos mientras yo seguía jadeando como una puta sin remedio. El consolador quedó tirado en el suelo, manchado de mis fluidos y babas, pero ni eso me importó, porque lo único que quería era que me llenara otra vez hasta dejarme hecha un guiñapo sin poder moverme.