La diosa con pies perfectos exige que le lame los dedos
Desde que se quitó los zapatos en el salón y te clavó la mirada con esos dedos de uñas pintadas en rojo sangre, supiste que no había vuelta atrás... La puta dominatriz se recostó en el sillón de cuero negro, con las piernas abiertas mostrando su coño depilado y brillante entre sus muslos firmes, mientras balanceaba un pie desnudo frente a tu cara como si fuera un trofeo. No tuvo piedad al empujarte la cabeza contra sus plantas sudorosas, oliendo a sexo y a talco barato, y obligarte a pasar la lengua entre sus dedos uno por uno, sintiendo el sabor salado de sus pies después de todo el día caminando por la ciudad. Gemía con cada lametón, arqueando la espalda para ofrecerte mejor acceso a sus pechos grandes y naturales que se movían al ritmo de sus jadeos, mientras con el otro pie te aplastaba la polla contra el suelo, recordándote quién mandaba. No bastaba con lamerle las plantas, tenía que chuparle hasta los dedos más pequeños, arrastrando la lengua por cada grieta y arruga, escuchando cómo se reía cuando le hacías cosquillas en los arcos con la punta de la nariz. De pronto te agarró del pelo y te empujó contra sus pies, obligándote a enterrar la cara entre sus dedos mientras ella se frotaba el clítoris con movimientos circulares, empapando sus plantas con sus jugos calientes. Sentías el tacto áspero de sus callos rozándote los labios, el olor a hembra sudada invadiendo tus fosnas, y no podías evitar que tu polla se pusiera más dura que nunca al ver cómo se excitaba dominándote así. Cuando por fin te soltó con una bofetada en la mejilla, ya estabas listo para hacer cualquier cosa que te pidiera, incluso arrodillarte y besarle las plantas como si fueran un altar sagrado. Pero lo mejor vino después, cuando se quitó los calcetines sucios y te obligó a olerlos de cerca mientras se corría gritando tu nombre como si fueras su puto esclavo personal, con los jugos resbalando por sus muslos y mojando el sillón donde se retorcía de placer. Al terminar, te escupió en la cara y te dijo que te quedaras ahí, con la lengua fuera y los ojos vidriosos, porque la próxima vez quería que le chuparas las plantas mientras te cagabas de miedo.