Rita Fox se deja nalguear y llenar de leche en un hotel de lujo
El sonido de la puerta cerrándose con llave es lo primero que advierte, pero ya es tarde: Rita Fox está arrodillada en la alfombra, los labios rojos entreabiertos alrededor de una polla que late más rápido con cada latigazo de lengua. Vira Gold le enreda los dedos en el pelo rojo, tirando hacia atrás para que lo mire, para que gima más fuerte mientras se la chupa como una profesional, los ojos brillando de excitación al sentir cómo le crece en la boca. Afuera, los pasillos del hotel están vacíos, pero cualquiera podría pasar en cualquier momento, y esa posibilidad la enciende aún más: Rita gime ahogadamente, con las mejillas hinchadas, tragando cada gota que le escupe, el jugo espeso bajando por su mentón. Cuando él la empuja contra la cama, el culo redondo temblando bajo sus manos, Rita aprieta los muslos al sentir cómo la polla le abre el coño de un solo golpe, tan húmeda que chupa cada centímetro como si no hubiera mañana. Las palmadas en las nalgas resuenan en la habitación, los cuerpos chocando en un ritmo frenético, los gemidos ahogados entre dientes para no alertar a nadie. Rita se agarra a las sábanas, los dedos blancos de tanto apretar, la espalda arqueándose cada vez que él la embiste hasta hacerle tocar el cuello del útero, las paredes vaginales contraídas alrededor de esa verga que no da tregua. Sabe que si alguien escucha, están jodidos, pero no puede evitar gemir más fuerte cuando él la voltea, metiendo la polla hasta las pelotas en su culo, abierta y suplicando más. Las paredes del hotel parecen temblar con cada embestida, el sudor mezclándose en sus cuerpos, los jadeos entrecortados por el riesgo de ser descubiertos. Cuando él se corre, la leche caliente le cubre las nalgas redondas, y Rita sonríe al sentir el calor pegajoso, pensando que nunca se había sentido tan viva, tan prohibida, tan suya.