Piel pálida y culo perfecto follando sin parar
La pelirroja no podía evitar gemir cada vez que sus nalgas redondas y firmes se aplastaban contra el borde de la mesa de la biblioteca, dejando caer su coño bien mojado sobre la madera fría mientras él le clavaba la verga hasta el fondo sin piedad. Ella, con su piel blanca como la leche y las medias blancas arrugadas entre los muslos, no paraba de chillar cada vez que le daba un empellón brutal que le hacía botar el culo como si fuera gelatina, sintiendo cómo la polla gruesa le abría el coño hasta dejarla sin aliento. Él, sudando como un cerdo y con los huevos bien cargados, no se detenía ni un segundo, agarrándola de las caderas con fuerza para clavarle la verga hasta la garganta mientras ella se agarraba a la mesa con los nudillos blancos de tanto apretar, sus gemidos ahogados mezclándose con el sonido húmedo de los choques de carne contra carne. La pelirroja, con los pezones duros como piedras y la boca entreabierta dejando escapar saliva espesa, no podía ni pensar en otra cosa que no fuera esa verga caliente arrasando dentro de su raja, haciéndola sentir cada vena, cada pliegue, cada centímetro de carne dura que la llenaba por completo. Él, con los muslos tensos y el aliento cortado, le susurraba obscenidades al oído mientras le mordisqueaba el lóbulo de la oreja, diciéndole lo puta que era por dejarse empotrar así en pleno campus universitario, donde cualquiera podría descubrirlos en cualquier momento. Ella, con los ojos vidriosos y el coño tan empapado que chorreaba por los muslos, solo atinaba a arquear la espalda para ofrecerle más culo, más carne, más todo, mientras él le metía los dedos en la boca para que se los chupara como si fueran la polla misma. Los gemidos se volvieron más fuertes, más desesperados, cuando él le levantó una pierna para hundirle la verga hasta el fondo del coño, haciendo que ella se corriera con un espasmo violento que le sacudió todo el cuerpo mientras sus jugos calientes resbalaban por el borde de la mesa. Él no se contuvo más y, con un gruñido gutural, le llenó el coño de leche espesa, sintiendo cómo su verga palpitaba dentro de ella mientras eyaculaba hasta dejarla completamente llena, con las paredes vaginales temblando alrededor de su miembro aún duro. Cuando por fin se separaron, ella se desplomó sobre la mesa, jadeando y con las piernas temblorosas, mientras él se limpiaba el sudor de la frente y le susurraba al oído que la próxima vez la follaría en el baño de la facultad, donde el riesgo de que los descubrieran solo haría que todo fuera más excitante.